Feliz el que pueda del cándido velo
Alzar el estremo que cubre la sien,
Porque ese, olvidando las penas del suelo,
La luz habrá visto del mágico Eden.
Feliz el que pueda con él envolverse
Y dar estasiado su espíritu á Dios,
Y ver á la tierra de vista perderse,
Cual ave que asciende con ala veloz.
Feliz el que pueda colgar á su estremo
La escelsa corona de rosa y laurel,
Cual símbolo hermoso del genio supremo
Que indique á la reina de todo el verjel.
Feliz el que pueda mezclar sus despojos
Al polvo impalpable que el viento alzará,
Cuando esa belleza con llanto en los ojos
Desgarre ese velo que sombra le dá.

———

Mas esto es muy triste, tal vez distraido
Su frente he podido de nieblas cubrir,
Y al velo que lleva solo es permitido
Con nubes lijeras su frente circuir.
Él es como nube que cruza su frente,
Cual cruza los cielos la bruma fugaz,
Realzando en el fondo su rostro esplendente
Que adornan matices del iris de paz.
Yo soy como un ciego que canta á la puerta
Deseando al que me oye placeres y amor,
Deseando que nunca se mire cubierta
La gaza, con perlas que borde el dolor.
¡Mas no soy tan ciego! pues miro en el cielo
Brillar las estrellas con tibio fulgor,
Y luego eclipsarse si entreabre su velo
Mostrando dos ojos que irradian amor.

XIX
LA AGONÍA DEL POETA

¡Oh juicio divinal!
Cuando mas ardía el fuego
Echaste el agua.
Manrique.

Genio, inspiracion divina,
Fuego devora mi mente,
Y siento en el alma ardiente
Una llama circular...
Mas ¡qué importa! si á la tumba
Pronto caerá el genio mio,
Como el torrente bravío
Que vá á morir en el mar!
Ya del carro de la vida
Los corceles fatigados
Caen al suelo postrados
Con anheloso estertor;
Y ya el genio de la muerte
Gira en torno á mi cabeza,
Cual ave que de su presa
Va volando en derredor.
Como el náufrago se abraza
De las astillas flotantes,
De las horas vacilantes
Me abrazo con ansiedad;
Pero en vano, que la urna
De mis años, agotada,
Sobre el abismo inclinada
Se vé, de la eternidad.
Qué importa morir, si solo,
He vivido en este mundo,
Donde corre un aire inmundo
Que no puedo respirar:
Si mis lágrimas cayeron
Confundidas en el cieno,
Sin bañar el tibio seno
Del amor á la amistad!
Qué importa morir, si nunca
Los hombres me han comprendido,
Si ninguno me ha tendido
Una mano fraternal:
Si cual la flor del desierto
Que en soledad se consume,
He dado al viento un perfume
Que nunca sintió el mortal!
Mis ecos se han confundido
Con la música lejana,
Que se alza cada mañana
Del seno de la creacion;
Y entre el canto de las aves,
Y el aroma de las flores,
Del valle de los dolores
Han subido á otra mansion.
Como las nubes de mirra
Que perfuman el sagrario,
Y brotan del incensario
De las brazas al calor,
Al fuego del entusiasmo
De mi cabeza han brotado
Los cantos, que he consagrado
A la Patria y al Señor.
Jamas prodigué alabanzas
A un miserable tirano,
Ni del pueblo soberano
Las banderas deserté:
Fija la vista en el cielo,
Nutrido de amor intenso,
A Dios y al Pueblo el incienso
Del corazon consagré.
La libertad fué la musa
De los cielos mensagera,
Que llenó mi alma severa
Con su espíritu inmortal;
Y en las negras tempestades
Seguí con paso valiente,
Su antorcha resplandeciente
Y su faro celestial.
Oh, Dios, inspírame un himno,
Ó una fúnebre elejia!
Que baje á la tumba fria
Cantando á la libertad!
Permite que adorne un lauro
Mi cadáver macilento,
Y que no muera mi acento
Cual voz en la soledad!
¡Pero ya es tarde! la mano
Que marca la última hora,
Se levanta aterradora
Y vuelca el reló fatal;
Y las cuerdas de mi lira,
Como nervios doloridos
Producen tristes sonidos
Una á una al reventar.
En vano aplico el oido:
Enmudece la memoria,
Y á mis cánticos de gloria
No responde el porvenir;
Que al descender al abismo
La corteza de mi alma,
No se verá ni una palma
Sobre la frente lucir!
Oh musa, vuelve otra vez
A tu celeste morada,
Que el abismo de la nada
Pronto me va á devorar;
Pero antes, rompe las flechas
De mi carcax no vacio:
Mi brazo perdió su brio,
Y el arco se va á quebrar!

LIBRO CUARTO
POESÍAS FAMILIARES