—Porque en Palacio corren noticias —indicó el sastre Lucas Sarmiento— de que los carabineros sublevados en Castro del Río vienen sobre la Mancha con otras fuerzas y con paisanos armados.
—Los rusos..., ahí tienen ustedes a los rusos.
—Con tanto decir que venían, al fin vienen —manifestó riendo don Benigno Cordero.
—Lo que yo puedo asegurar —dijo don Primitivo con cierto misterio— es que se ha mandado que se concentren en Madrid los milicianos de toda la provincia.
—Eso se sabía... Noticia vieja.
—No tan vieja, señor mío, no tan vieja... Si ustedes me prometieran no contarlo a nadie, les diría una cosa estupenda.
—¿Qué, qué?
Don Benigno, Sarmiento, Mejía, Lucas, Calleja, el Marquesito y los demás que formaban el grupo lo estrecharon, encerrando al honrado comerciante en una especie de tonel de humana carne.
—Pues San Martín ha recibido esta mañana un anónimo.
—¡Un anónimo! Eso sí que es grave.