—Entonces adiós.

—Pues adiós.

Uno y otro se levantaron.

—Márchate de la casa —dijo resueltamente Soledad.

—¿Te enojas...? Vamos, querida hermana, si quisiera huir, me quedaría, por no verte enfadada al volver.

—Es que no me verías más.

—¿De veras?

—No gusto de tratar con locos.

—Pues yo siempre lo he sido. A buena hora lo conoces. Yo te prometo que seré razonable.

—¿Lo serás esta noche?