—Te lo prometo.

—¿No harás ninguna locura?

—Haré las menos que pueda. Prometer más, sería necedad.

—Pues adiós.

—¿Te vas?

—Es preciso descansar, hijito. Hoy nos has dado mucho que hacer con tu malhadado viaje.

—Pues adiós. Vengan esos cinco.

Estrecháronse la mano. Desde la puerta, al retirarse, Solita saludó a su amigo, diciéndole cariñosamente:

—No será cosa de que me tenga que levantar a echar sermones. ¿Serás juicioso?

—Hasta donde pueda. Ya es bastante, hermanita.