—Me conformo por ahora. Adiós.
Retirose Soledad, pero no se acostó. Estaba inquieta, y desconfiaba de las resoluciones de su hermano. Vigilante, con el oído atento a todo rumor, y mirando a ratos por la ventana de su cuarto, que daba a la huerta, pasó más de una hora. Sintió de improviso el ruido de un coche que se acercaba, y puso atención. El coche paró...
Soledad sintió frío en el corazón y un desfallecimiento súbito de su valor moral; pero evocando las fuerzas de su espíritu, salió del cuarto muy quedamente. Cuando estuvo fuera y bajó muy despacio a la huerta; cuando en ella puso los pies, vio que Salvador (¡él era, le reconoció en la profunda oscuridad de la noche!) avanzaba con rápido paso hacia la verja.
Solita se llenó de pena; quiso gritar, pero la voz de su dignidad le impidió hacerlo. Solo tenía derecho a ser testigo.
Vio que el hortelano avanzaba gruñendo hacia el portalón, mandado por Salvador; que se abría la puerta verde; que en un instante sacaban el baúl y lo subían a lo más alto del coche.
Sin poder contenerse corrió hacia allá. Oyó una voz de mujer que decía:
—¿Qué es esto? ¿Te arrepientes?
Y la de Salvador que respondía:
—No... Vamos... En marcha.
El coche partió a escape, y Soledad gritó: