—¡Una carta! —repitió Gil de la Cuadra, que también se había acercado a la puerta.
Un momento después, don Urbano desdoblaba con febril impaciencia el papel, diciendo:
—¡Es de Anatolio..., de tu primo!
Recorrió con la vista la carta. Su rostro pálido encendiose de pronto, y una viva exclamación de alegría brotó de sus trémulos labios.
—¡Viene!... Dios mío, ¿es cierto lo que leo? ¡Viene!... Lee tú, hija mía: viene resuelto a cumplir su promesa...
El infeliz anciano se desmayó. Sostúvole Naranjo; y cuando le llevaron a su cama y le tendieron y le rociaron el rostro y recobró el conocimiento, exclamó:
—¡Hay Dios, hija de mi corazón, hay Dios! Abrázame..., más fuerte. Soy el hombre más feliz de la tierra.
VII
—Vuélveme a leer esa carta que me ha dado la vida —decía el padre a la hija media hora después, hallándose ya completamente solos—. Repíteme una a una sus consoladoras palabras.
Soledad volvió a leer.