—Se excusa de no habernos escrito —manifestó Gil—. ¡Pobrecillo! Ha estado enfermo, ha tenido que hacer un viaje largo, penoso. ¿Cuántos días estuvo en la cama?

—Cuarenta y dos. ¡Pobre chico!

—¿Y cuánto tardó desde Santander a Logroño?

—Catorce días, caminando entre ventisqueros, hielos y tempestades.

—¡Desgraciado! ¡Y dice que viene resuelto a cumplir su promesa! Lee eso otra vez. Y que llegará..., ¿cuándo?

—El 11 o el 12.

—Es decir, mañana o pasado. Hija de mi alma, abrázame otra vez. Ya tienes amparo, ya tienes apoyo en tu orfandad; ya puedo morirme, ya puedo entregar a la tierra este miserable despojo de mi cuerpo, y decirle: «Ahí tienes, tierra, lo que pides. Ya no te lo disputaré ni un día más.»

—Llegará mañana o pasado —repitió Soledad pensativa.

—¡Y yo dudaba de Dios! ¡Dudaba de su misericordia infinita! ¡Qué hermosa lección me has dado, chiquilla!... Pero observo que no estás tan alegre como yo.

—Sí, padre: estoy contentísima.