—¿Y no dice más?
—Dice también que ha pedido pasar a la Guardia real, donde servirá algún tiempo.
—¡A la Guardia real! Muy bien. Bravo yerno tendré. ¡Qué bien le sentará el uniforme! ¿No es verdad que le sentará bien?
—Admirablemente.
—¿Saldremos a recibirle? ¿No dice por qué Puerta entrará?
—No, señor.
—Lo averiguaremos. Mira, hija, quiero salir a paseo; quiero dar una vuelta por las calles.
—Me alegro infinito —dijo Sola, demostrando verdadero gozo—. Hoy hace buen tiempo. Saldremos esta tarde y daremos un buen paseo.
—Y nos sentaremos bajo un árbol en la Cuesta de la Vega. Parece que recobro las fuerzas.
—¡Dios mío, si yo viera a mi padre sano, tranquilo y feliz!... —exclamó Soledad cruzando las manos.