Gil de la Cuadra se sentó en el sillón, tomó la cabeza de su hija para estrecharla ardorosamente contra su pecho, y derramando lágrimas de ternura, habló de este modo:
—Ya puedo morirme tranquilo; ya no quedas sola en el mundo... ¡Pobrecilla, cuánto he padecido por ti! Por ti y nada más que por ti. Si tú no existieras, ¿qué me importaría la miseria, qué la deshonra?... Me despedazaba el corazón la idea de morir y dejarte sola, sin un pariente, sin un amigo...
—Hubiera encontrado alguno —dijo entre sollozos Soledad.
—No hubieras encontrado más que desvíos: yo conozco el mundo. ¿Quién se acordaría de ti?
—Alguien...
—Nadie. Ahora tu porvenir está seguro. Dios nos ha favorecido después de tantas penas. ¡Bendita sea su misericordia infinita, de la cual he dudado en estos días de angustia y desaliento! He sido malo, muy malo, porque he dudado de Dios. Mientras tú, con tu fe angelical, afrontabas serena las contrariedades, confiando en el porvenir, yo me entregaba a una febril desesperación. Mientras tú, fiada en tus ilusiones, asegurabas que había una Providencia para nosotros, yo, atento a la realidad, no veía más que tinieblas en derredor nuestro. ¿Y sabes hasta dónde llegó mi maldad y la flaqueza de mi razón?
Soledad no contestó, aunque creía poder contestar.
—Pues llegó hasta idear la más ruin, la más perversa de las soluciones al conflicto en que nos encontrábamos.
—¡Morir! —dijo Sola con voz débil.
—Morir por mi propia mano, morir los dos, tú y yo; marcharnos juntos de este mundo que no quería sostenernos y que nos arrojaba de sí.