—Un amigo...
—¡Un amigo! No conozco ninguno.
—Cobrábamos nuestra pensión.
—Pero después de muerto tu padre, ¿quién te hubiera dado la pensión?
—¡Qué sé yo!..., pero...
—¿Quién te hubiera dado nombre, posición, bienestar?
—Alguien; uno, ¡quién sabe!... —repuso Soledad, queriendo decir una cosa y no sabiendo cómo decirla.
—Vamos, no hables majaderías. Tú no puedes discurrir como discurro yo, con conocimiento de causa. Una muchacha siempre es una muchacha, y puede tener sensibilidad, fe, piedad, instinto, delicadeza; pero nunca un criterio claro para apreciar, como los hombres, las cosas del mundo.
—Será por eso.
—Yo no podía contar con tu consentimiento. Dirás que era una crueldad mía el quitarte la vida; pero si bien se mira, librarte de la miseria era quererte bien. Hay distintos modos de amar a los hijos. Yo prefiero verte muerta a que vivas deshonrada y miserable. No, no: morir conmigo no era tan lastimoso como vivir sola y sin amparo. Yo tengo de la muerte una idea algo romana. Hay momentos en que es la mejor de las soluciones. ¿No crees tú lo mismo?