—Alguna vez, ¿por qué no?
—Yo deseaba —añadió Gil de la Cuadra— que hubiera mar en Madrid. ¡Oh! El mar es admirable para los desesperados. Abrazaditos, como dos niños que duermen juntos, nos hubiéramos arrojado a él... Pero en Madrid no hay mar.
—¿Y los estanques del Retiro?
—Tienen antepechos. Sin tu consentimiento hubiera sido muy difícil... Yo discurría, discurría, y al fin, hija mía, pensé en el veneno.
—¡Jesús!
Soledad cerró los ojos y palideció.
—¿Te aterras?... Pensé en el veneno. ¿Pero cómo adquirirlo? Tú no me dabas respiro; y empeñada en que había Providencia, empeñada en vivir contra viento y marea, escondías el dinero. Sin duda temías...
—Sí, también se me ocurrió lo del veneno.
—Pero yo iba juntando cuartos. Mira, aquí en el seno tengo catorce, y algunos ochavos. ¡Pobre hija mía de mi corazón! ¡Qué lejos estabas de que yo, cuando salías, registraba tus bolsillicos para robarte lo que olvidabas en ellos!
Soledad sentía el corazón oprimido y apenas podía respirar.