—¡Qué pálida estás, hijita! —le dijo su padre levantándose con más brío que de ordinario—. Ya todo eso pasó, y no hay que pensar en muertes ni en venenos. ¿Sabes lo que me ocurre?

—¿Qué?

—Que nos vayamos de paseo.

Gil sacó de su seno los cuartos que había reunido.

—¿Ves estos cuartos destinados al fatal proyecto? ¡Oh, Dios mío, cuán bueno has sido para mí y para mi adorada hija!... ¿Ves estos cuartos, Sola? Pues ahora vamos a tomar el sol a la Cuesta de la Vega, y con ellos compraremos avellanas y nos las comeremos tan alegres.

Diciendo esto, Gil de la Cuadra se encasquetó el sombrero con la presteza de un estudiante calavera.

—Vamos, vamos a paseo. Compraremos las avellanas en lugar del veneno. Pero mejor será piñones.

—Avellanas.

—Piñones, que las avellanas son pesadas.

—Dices bien. Pues piñones.