—Compraremos piñones. Y nos los comeremos, se entiende... ¡Ah!, y trataremos de averiguar por qué Puerta entrará Anatolio y a qué hora.
—¿Pero cómo hemos de averiguar eso, padre querido?
—Tienes razón, hija: entre él, y no nos cuidemos de la Puerta... Quizás los de la Guardia real sepan cuándo viene. Si encontramos a alguno hemos de preguntárselo. ¡Qué bien le sentará el uniforme!, ¿eh?
—Admirablemente —respondió Sola, poniéndose la mantilla.
Salieron. Soledad, obligada a sostener la conversación que sobre mil puntos entablaba su padre, cuya locuacidad repentina no conocía el cansancio, necesitaba de grandes esfuerzos para disimular su tristeza.
—¿Por qué suspiras? —le preguntaba él a ratos—. ¿No estás contenta como yo?
—Sí, estoy contenta.
En la plazuela de los Caños encontraron a don Patricio, que aún no había dejado su uniforme. Gil de la Cuadra le saludó con cortesía y hasta con amabilidad, diciéndole:
—No sé si le di a usted las gracias por haberme llevado aquella carta. Estaba tan conmovido...
—¿Traía buenas noticias? ¿Qué tal van los negocios? ¿Se trabaja?