—Era de un sobrino mío, que pasa ahora a la Guardia real..., alférez de la Guardia real, señor don Patricio.

—¡De la Guardia real! Bien.

En la tal pastelería

se hacen pasteles muy buenos:

pasteles y nada más,

pasteles ni más ni menos.

—¿Qué dice usted?

—Que a ese joven de la Guardia real le advierta usted que ande con pulso. Yo digo como El Zurriago:

Y si de nuestras voces no hacen caso,

con el martillo se saldrá del paso.