—Ustedes..., ya se sabe —dijo don Patricio amostazado—, no creen en el peligro hasta que lo ven encima; no creen en el fuego hasta que se queman. Cuando vean que en menos que canta un gallo todo se lo come un perro, dirán: «¡Oh, qué tontos hemos sido!» Estense como ahora, y ya verán. Los serviles nos harán escupir la lengua en la plazuela de la Cebada, y entonces ya no habrá tiempo más que para dar un viva a la libertad con el último respiro. Bien vamos, bien, en manos de Rosita la Pastelera...[4] Guerra y exterminio a los exaltados, gorros, descamisados y zurriaguistas, que quieren poner la república y desacreditar el sistema, eso es. En cambio, paz y protección a los serviles, a los criados de Palacio que están conspirando, a los cortesanos del 14 que aborrecen el sistema. Para esos, cortesías y tolerancia; para nosotros, palos y cárceles. Muy bien, señor Cordero, muy bien se portan los amigos de usted. Por este camino pronto medraremos. ¿Sabe usted lo que pasa en Aranjuez, donde está la corte?
[4] Don Francisco Martínez de la Rosa.
Don Patricio, al hacer esta pregunta, daba a su rostro la expresión de un nigromante que va a revelar secretos terribles.
—No sé que pase nada de particular —repuso Cordero.
—Ya..., nada de particular. ¿De modo que donde meten el rabo Infantado, Amarillas y Montijo, no pasa nada de particular? Y donde hace sus guisados Rosita la Pastelera, ¿no pasa nada de particular? Donde está bulle que bulle la cuadrilla de anilleros, afrancesados, serviles, ¿no pasa nada de particular? Sí, porque el emperador de la China, Tigrekán,[5] está mano sobre mano. Y sus hermanos, el príncipe Alfeñike[6] y el príncipe Pakorrito,[7] tampoco hacen nada. No se conspira, no se tiene todo preparado de acuerdo con el infame gabinete pastelero para acuchillarnos a los libres y proclamar el absolutismo. ¡No; si no ocurre nada; si estamos en una balsa de aceite; si marchamos, marchamos, ¡rechilindrones!, y él el primero, por la sendita constitucional; si los guardias nos quieren mucho; si el Abuelo y don Santos y el Trapense y Jaime el Barbudo son nuestros espoliques; si la cleriguecía nos mima y es capaz de jugar los kiries por obsequiarnos...!
[5] Fernando VII.
[6] El infante don Carlos.
[7] Don Francisco.
—Se conspira contra el sistema —dijo Cordero con hinchazón—; hay mucha pillería en Madrid y en la corte, ya lo sabemos. ¿Pero quién tiene la culpa sino los anarquistas con sus escándalos?
—Eso es: nosotros, todo nosotros. Nosotros somos peores que Tintín y que Tigrekán y que Trabuco,[8] que es cuanto hay que decir —gruñó Sarmiento levantándose—. Cuidado, cuidadito, señores templados, no se nos suba San Telmo a la gavia, y entonces... Puede que nos cansemos de aguantar, ea..., puede que algún día se diga: «Vaya, pues ya parió la Pepa», y entonces se sabrá lo que somos. Conque, abur, señores formalitos. Memorias al amigo Tintín, señor Cordero, y expresiones a Trabuquito... Yo me voy, que entro de guardia.