—Allá voy... De veras no creí volver a poner los pies en aquella casa... ¿Conque el Deucalión?... Un bergantín inglés... Me parece que no les atraparán.

Corrí a la casa de Rumblar, y desde que entré todo me indicó que reinaba allí la consternación más profunda. D. Diego y D. Paco estaban sentados en el corredor, el uno frente al otro, mirándose como dos esfinges de la tristeza, y en las manos del último los verdes cardenales indicaban el suplicio de que había sido víctima. El infeliz anciano a ratos hendía los aires con la ráfaga de sus fuertes suspiros, que habrían hecho navegar de largo a un navío de línea. Cuando entré, levantáronse los dos, y el ayo dijo:

—Vamos a ver si la encontramos ahora. Es el sétimo viaje...

La condesa de Rumblar y su hija menor estaban escondiendo su dolor y vergüenza en un gabinete inmediato a la sala, y en ésta la marquesa de Leiva, atada por el reuma a un sillón portátil; Ostolaza, Calomarde y Valiente sostenían viva polémica sobre el gran suceso. Cuando oí la voz de la de Leiva, lleno de recelo, aunque sin arredrarme, dije para mí:

—Ahora va a ser la tuya, Gabriel. La marquesa te conocerá, con lo cual, hijo, has hecho tu suerte.

Entré, sin embargo, resueltamente.

—De modo—decía la marquesa—que un inglés se puede burlar impunemente de toda España...

—En la embajada—indicó Valiente—rieron mucho cuando les conté lo ocurrido, y dijeron: «Cosas de lord Gray».

—Yo he afirmado siempre—dijo Ostolaza con petulancia—que la alianza con los ingleses sería a España muy funesta.

Yo corté de súbito el coloquio, diciendo: