—Traigo noticias de lord Gray.

La marquesa examinome de pies a cabeza, y luego, señalándome impertinentemente con la muleta que sus doloridas piernas le obligaban a usar, preguntó:

—¿Usted?... ¿Y usted quién es?

—Es el Sr. de Araceli—dijo Ostolaza con sonsonete desdeñoso.

—Ya... ya conozco a este caballero—dijo la de Leiva con malicia—. ¿Sigue usted al servicio de mi sobrina?

—Me honro en ello.

—¿Viene usted de allá? ¿Inés está ya dispuesta a volver a su casa? Ya sabrá que el gobernador de Cádiz va esta noche misma por ella...

—No saben nada—repuse tan desconcertado como sorprendido.

—Creo que bajo el punto legal, la cosa no ofrecerá dificultad alguna, ¿no es verdad, señor de Calomarde?

—Absolutamente ninguna. La niña volverá a casa de usted, que es el jefe de la familia, y cuantas sutilezas se aleguen en contrario no tienen fuerza de derecho.