—Tal vez la señora condesa—dije—alegue algún motivo que no esté previsto.

—Todo está previsto; Sr. Calomarde, ¿no es verdad? Y agradézcame mi sobrina que no he solicitado se dicte auto de prisión contra ella... Pero a esta fecha no nos ha dicho usted lo que anunciaba con respecto a lord Gray. ¿En qué piensa usted, señor de... de qué?

—De Araceli—repitió Ostolaza con el mismo sonsonete.

Muy brevemente les dije lo que sabía.

—Pues hay que avisar a la Comandancia de Marina—replicó la de Leiva con viveza—. Plumas, papel...

En aquel instante entró en la sala un personaje grave, al cual saludaron todos con el mayor respeto. Era D. Juan María Villavicencio, gobernador de la ciudad, varón estimabilísimo, buen patriota, instruido, algo filósofo y hábil por demás en el conocimiento y trato de las gentes.

—Ya tenemos datos, Sr. Villavicencio—dijo la marquesa, contándole lo del Deucalión.

—En este negocio, señora—respondió el funcionario bajando la voz—hay que andar con prudencia... Antes de ocuparme de lord Gray voy a cumplir el acto legal, en cuya virtud la Inesita volverá esta noche a su casa.

El alma se me partió al oír esto.

—Pronto, pronto, amigo mío—dijo la reumática—. También temo que se me escapen. La gente de esta casa se marcha por el escotillón, y esto parece escenario de un teatro... Y creímos que había sido robada por lord Gray. La pícara se marchó sola...