—En cuanto a lord Gray—dijo Villavicencio en tono dubitativo y con cierto embarazo—me parece que no podemos hacer nada contra él... La Asuncioncita volverá al lado de su madre o a donde la quieran llevar; pero eso de prender y castigar a milord...
—Pero...
—Señora, no podemos chocar con la embajada... Ya conoce usted las circunstancias; Wellesley es quisquilloso... la alianza...
—¡Maldita sea la alianza!
—¡Y esto lo dice una dama española—exclamó Villavicencio con entusiasmo—el día en que nos llega la noticia de una gloriosa batalla, de esa gran victoria, señores, ganada por españoles, ingleses y portugueses en los campos de Albuera!
—¡Otra batalla!-exclamó la marquesa con hastío—. Siempre batallas, y la guerra no se acaba nunca.
—Creo que ha sido muy sangrienta—dijo Calomarde.
—Como todas las que damos—repuso con orgullo Villavicencio—. Hemos perdido cinco mil hombres y matado a los franceses más de diez mil... ¡Precioso resultado!... Han muerto dos generales franceses, dos ingleses, y de los nuestros han quedado heridos D. Carlos España y el insigne Blake.
—De todo eso se deduce que no podemos hacer nada contra Gray—dijo con disgusto la de Leiva.
—Nada, señora... Se va a erigir un monumento a Jorge III... La embajada inglesa... Wellesley... ¡Oh!, esta batalla de la Albuera estrechará más aún las relaciones entre ambos países.