—Pues ni yo tampoco—añadió Vejarruco.
—Camaraíya, por eso no ha de quedar. Usté está amarillo. Señores, cuando eché mano al cinturón me relucieron las uñas, y pensó que era jierro.
—¡Zorongo! Camará, usté ha escondido la lezna para que no haya compromiso.
—Tú te la habrás metío en el garguero.
—Yo no la traigo, por humaniá—repuso Vejarruco—porque como tengo esta mano tan pesá, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento.
—Vaya, déjenlo para después—dijo Poenco—y a beber.
—Lo que hace por mí, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere confesar antes que le endiñe...
—Lo que es por mí... cuando Lombrijón quiera el pasaporte para la secula culorum, se lo daré.
—Pelillos a la mar—dijo Poenco—; y pos que los dos han de morir, mueran amigos.
—No hay por qué ofenderse, comparito. ¿Usté se ha ofendío?-preguntó Lombrijón a su antagonista.