LUCRECIA, aterrada del rumor popular.

¿Qué beneficios ni qué niño muerto? Yo no he hecho nada, absolutamente nada. ¿Pero están locos aquí? Créalo usted, Vicenta, me da miedo la voz pública.

NELL

Mamá, que te asomes... Quieren despedirse de ti.

DOLLY

Hay pueblo y señores... y hasta curas... Mamita, ¿qué te importa que te victoreen? Mira que si no sales, nos darán los vivas a nosotras.

LUCRECIA

Que no salgo, vamos. Vicenta, por Dios, que su marido de usted me haga el favor de echarles una arenga, diciéndoles... que estoy enferma, y que les agradezco infinito sus manifestaciones... que no las merezco... En fin, él sabrá.

EL ALCALDE, limpiándose el sudor de la frente, la levita desabrochada, el chaleco abotonado a medias.

Ya, ya se van... ¿Pero qué le costaba a usted, Condesa, asomarse un poquito? Con una inclinación de cabeza cumplía usted. Pero, en fin, respeto su repugnancia de las apoteosis. Lo mismo me pasa a mí. Siempre que me ovacionan me echo a llorar, y se me descompone el vientre.