LUCRECIA

¡Dios me ampare!

LA ALCALDESA, mirando.

Ya, ya le ha despachado. Allá va el pobre Cea con viento fresco. Pondrá esta noche las paparruchas que le habrá encajado José María... Que usted adora al pueblo; que ha venido muy cansada y con dolores de reúma, y que se desvivirá por conseguirnos lo de la Cámara de Comercio, apabullando a los de Durante... Ya entra mi marido. Bajemos al comedor.

LUCRECIA. (Salen las dos señoras, enlazadas del brazo; las niñas delante.)

Es delicioso. Pero no me hace ninguna gracia que ponga ese majadero la noticia falsa de mi reumatismo. Es una enfermedad que me desagrada más que otras, porque, no siendo grave, hace engordar.

LA ALCALDESA, bajando la escalera.

Es muchacho fino, y dirá que está usted nerviosa.

LUCRECIA

Menos mal.