En la puerta del comedor encuentran al señor Alcalde, que ofrece su brazo a la Condesa. Sofocado, aunque de buen humor, da cuenta del gracioso quite con que logró evitar la formidable tabarra con que les amenazaba el audaz foliculario. Debe decirse, tributando a la verdad los honores debidos, que fue excelente y copiosa la comida, feliz combinación del estilo de fonda y del arte casero en casa rica; el servicio atropellado y lento, pues las pobrecitas criadas no acertaban a desenvolverse en aquel mete-y-saca y quita-y-pon de platos, fuentes y salseras. Sentáronse a la mesa, a más de la Condesa y sus hijas y los dueños de la casa, los dos niños de estos, escolares encogidos que se hallaban en plena edad del pavo, y eran de lo más desaborido que en tan lastimosa edad comunmente se ve. De personas extrañas solo había una, la que toda Jerusa conocía por CONSUELITO, de apodo la Solitaria, prima del Alcalde, viuda rica sin hijos, que en investigar vidas ajenas se pasaba mansamente la suya, y era, por tanto, un viviente archivo de historias, enredos y chismes. Amenizó el señor Alcalde la comida con un jaquecoso disertar sobre las mejoras pasadas, presentes y venideras de Jerusa, y a nadie dejaba meter baza. Pugnaba su esposa por intercalar observaciones finas en medio de la gárrula oratoria del buen Monedero: pero rara vez vio coronado por el éxito su laudable propósito. Cuando servían el café (que, entre paréntesis, llegó a la mesa mal hecho, recalentado y frío), entraron a saludar a la Condesa EL SEÑOR CURA, que ya la había visto, y SENÉN, que aún no había tenido el honor de besarle la mano.
ESCENA IV
Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un afectado y ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande; trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos y plantaciones ornamentales de variada coloración.
LUCRECIA, NELL y DOLLY; EL ALCALDE, LA ALCALDESA, sus DOS HIJOS, que no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, EL CURA, SENÉN.
Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras.
EL CURA, sentándose con la Condesa y la Alcaldesa en un banco rústico, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los civilizados.
Ya comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde solo por el gusto de verla, que siempre es grande, sino...
LUCRECIA
Ya, ya... Ha comido usted con él... y me trae algún mensaje; recadito por lo menos.
EL CURA