EL CONDE
Estoy bien seguro de que los señores monjes, a los pocos días de alojarme aquí, no me podrían aguantar, y renegarían de haberme traído. Créanlo: tengo un genio imposible.
EL PRIOR
¡Eccellenza... por Dios...!
EL ALCALDE, volviendo al grupo distante.
¡Zorro de Albrit, remolón, pamplinero, si acabarás por venir aquí y tomar lo que te den, aunque sean sopas!
EL CONDE
Sí, soy inaguantable. Cuando no ha podido domarme el infortunio, ¿quién me domará?
EL PRIOR, echándose a reír y palmeteándole en el hombro.
Yo... sí, monseñor, yo... ¡También suelo gastar un geniecillo!...