EL CONDE
¿Pero qué estás diciendo? Morirás en menos de cinco segundos. No, no encontrarás muerte mejor, ya emplees arma, veneno, o el ácido carbónico. Muerte instantánea, súbita entrada en la felicidad, en el Paraíso, del que nunca debiste salir. Si no me engaño, estamos en una parte del cantil que ni de encargo. Aquí la cortadura es vertical, la altura vertiginosa... Conque...
D. PÍO, algo alelado.
Sí, sí... Pero ahora caigo en otro inconveniente, y este sí que es grave, gravísimo, señor Conde. Como alguien nos habrá visto venir hacia acá, fácil es que acusen a usía de mi muerte; y le metan en la cárcel... y causa criminal al canto, por homicidio, con nocturnidad, alevosía... No, no, señor Conde. ¡Cómo había yo de consentirlo!
EL CONDE
Nadie nos ha visto, ni es lógico que sospechen de mí... Decídete: ya ves qué fácil, ahora... ¿Oyes la mar que brama, como pidiendo que le arrojen algo con que entretenerse?... Pero hay más, carísimo Pío: figúrate tú el chasco que se llevarán tus hijas cuando vean que ya no tienen a quien martirizar, que se les ha escapado la víctima... ¡ja! ¡ja!... Se revolverán unas contra otras, y furiosas, tirándose de los pelos, se enzarzarán con uñas y dientes...
D. PÍO, riendo.
Sí, sí... y a ver quién les mantiene el pico... ¡Y que van a rabiar poco esas bribonas cuando yo me vaya! ¡Y con qué júbilo les diré yo desde allá: «Fastidiaos ahora, grandísimas puercas...!» Por supuesto, créame el Sr. D. Rodrigo, al recibir la noticia de que me ha tragado la mar, llorarán... porque, en medio de todo, me quieren... a su modo.
EL CONDE
Y tú a ellas también. Remachas tu bondad con el tremendo deshonor de amarlas. Para poner fin a tanta ignominia, es preciso... (Le agarra fuertemente por la cintura.)