¡Privarme del único consuelo de mi vida! No, no lo consiento, no puedo consentirlo. (Airado, golpea el brazo del sillón.) Me opongo, me opondré resueltamente, y por cualquier medio, al inicuo monopolio que esa perversa quiere hacer del cariño filial.
EL MÉDICO
Sosiéguese... Ya trataremos de arreglarlo.
EL CONDE
Sí, sí... ¡Buenos arregladores sois vosotros! ¡Qué amigos me han salido en esta tierra, donde creí haber arrojado a manos llenas simiente de bendiciones!... ¡Pero qué remedio!... No puedo hacer que las piedras se vuelvan amigos.
EL CURA, entrando jovial, de rondón.
¿Qué... qué dice? ¡Ya nos está poniendo de hoja de perejil! (El Conde le mira y calla.) ¿Qué ocurre por aquí? Me dicen que el señor Conde desea verme...
EL CONDE
Sí, Carmelo... Caigo, me hundo, y en mi desolación me agarro a lo único que encuentro: a las piedras, a vosotros.
EL CURA