LA ALCALDESA; EL CONDE, que acaba de entrar; después NELL.

LA ALCALDESA, aturdida.

Ya me figuro, señor Conde de Albrit, a qué debo el honor de verle en mi casa.

EL CONDE

Deseo hablar con Lucrecia. Y no sé con qué palabras solicitar de usted la benevolencia que necesito por esta libertad, por esta osadía de mal gusto con que llego a su casa.

LA ALCALDESA

¡Oh, señor Conde...!

EL CONDE

Es que su esposo de usted y yo no hacemos buenas migas. Anoche hemos cruzado algunas palabras un tanto mordaces... Si el Sr. Monedero me arroja de su casa, lo llevaré con paciencia... (La Alcaldesa, sin saber qué decir, hace con ojos y boca diferentes muecas y monerías.) Ya no me importa. En el conflicto en que me veo, la dignidad, ¿qué digo dignidad? la vergüenza, no significa nada para mí. Voy derecho a mi objeto con cara insensible, y mi objeto es...

LA ALCALDESA, recobrando su aplomo.