Ver a Lucrecia, sí.

EL CONDE

Y me atrevo a rogar a usted que haga comprender a su amiga que solo me mueve a molestarla la necesidad imprescindible de tratar con ella, sin recriminaciones, un grave asunto de familia.

LA ALCALDESA

Yo se lo diré. No dude usted que hablaré a mi amiga con vivo interés.

EL CONDE

Gracias, millones de gracias, señora mía. Carmelo quedó en proporcionarme la entrevista; mas sin duda sus ocupaciones se lo han impedido. Cansado de esperarle, deshecho, ardiendo en impaciencia, no he podido refrenar mi temperamento ejecutivo, y arrostrando el disgusto del señor Alcalde, aquí me tiene usted...

LA ALCALDESA, decidida a emplear un lenguaje extremadamente fino.

Abrigo la esperanza de ser afortunada en la misión que usted me confía. Pero no puedo evitar al señor Conde la molestia de esperar un ratito, porque Lucrecia, que ha venido malísima, en un estado nervioso imposible, ¡ay qué pena! ha podido al fin conciliar el sueño. La verdad, no me atrevo a despertarla.

EL CONDE, alardeando de paciencia.