Sí, señora, vaya usted... Se lo agradeceré toda mi vida. (Vase la Alcaldesa.)
NELL, mirando al jardín.
Desde esta mañana, tenemos aquí a ese cataplasma de Senén con la pretensión de que mamá le reciba.
EL CONDE
Por lo visto, hay cola. Senén y yo nos encontramos en igual situación de solicitantes de audiencia; pero como yo estoy en desgracia, pobre viejo que soy, y regañón insoportable, verás cómo tu madre atiende a ese lacayo antes que a mí. Tu abuelo será el último, lo verás... No me importa, no. Ya dijo nuestro Señor: «Los últimos serán los primeros.» Seamos humildes, aunque, la verdad, se necesita gran violencia y abnegación grande para ponerse en fila detrás de Senén. (Vuelve la Alcaldesa, y suplica al Conde que aguarde un ratito, pues antes recibirá Lucrecia a un postulante importuno.) ¿No te lo dije?
LA ALCALDESA
No: si es porque se vaya de una vez, y quitarnos de encima esa mosca.
EL CONDE
Bueno. Vaya delante la mosca. Luego pasará el moscardón... (Siente subir a Senén.) Ya sube ese hombre. Dios le dé lo que no tiene: la santa concisión.
(Asómase a la puerta el Alcalde, que, como ha vuelto a ponerse las zapatillas, puede aproximarse sin hacer ruido. Contempla con burlona sonrisa al Conde.)