ESCENA VI
Gabinete alto en la misma casa.
LUCRECIA, recostada en un sofá con gatuna indolencia, sin corsé, suelto y en desorden el cabello. Su rostro desmejorado, y el centelleo insano de sus bellos ojos, son el rastro de la furiosa tempestad; SENÉN, que, respetuoso, permanece en la puerta.
LUCRECIA, impaciente y altanera.
Pasa y cierra... Pero no te acerques. Quédate ahí. Traerás, como siempre, tus endiablados perfumes.
SENÉN
Dispense la señora... He puesto mi ropa al aire...
LUCRECIA, desdeñosa.
No te aproximes... ¿Qué quieres? Dímelo pronto. Ya ves qué mala estoy.
SENÉN, con falsa humildad.