¿Y cómo había de conseguir yo la fianza?
SENÉN, tragando saliva.
Ya, ya sé que al señorito Ricardo no podía pedírsela... No se enfade la señora: yo me pongo en lo razonable... A D. Ricardo no era posible... Pero con que la señora hubiera dicho al Duque de Utrech: «Señor Duque, quiero...»
LUCRECIA, interrumpiéndole.
¿Pero de dónde sales tú? En ese mundo de tu ambición ridícula se pierde, por lo visto, toda noción de la realidad. Está bien: yo no tengo más que hacer que importunar a todos mis amigos, pidiendo fianzas para este gaznápiro.
SENÉN, escondiendo las uñas.
Sí, ya sé... la señora no puede... ¡Qué le hemos de hacer! Es difícil... y además, ¿quién soy yo para que la señora se moleste por mí? No, no lo pretendo. Los servicios que he prestado a la Condesa de Laín, mi lealtad a toda prueba, ¿qué valen?
LUCRECIA, con arrogancia.
Tus servicios bien pagados están. Ea, me canso ya de contemplaciones. Senén, no te debo nada.
SENÉN, erizando el pelo.