Bueno... sea como la señora dice. Yo me callo. Eso he hecho yo toda mi vida, callarme; y de tanto callar, me veo tan atrasado en mi carrera... de tanto callar, sí, señora; y si quieren que lo pruebe, lo pruebo.
LUCRECIA
Tu silencio me importa ya tan poco, que no doy nada por él... No me tiene cuenta.
SENÉN, agachándose para dar el salto, los verdes ojuelos centelleando.
Eso quiere decir que la señora en nada estima mi fidelidad, esta fidelidad de perro, que no tiene igual... y lo pruebo.
LUCRECIA
Lo que estás probando tú es mi paciencia.
SENÉN, acobardado nuevamente, sin atreverse más que a desenvainar las uñas de sus patas delanteras.
No molesto más. Aunque la señora me da este pago, yo no le haré ningún perjuicio. Pero, en justicia, bien podría desquitarme. Como soy tan caballero, me he perjudicado por guardarle la consecuencia, por poner arrimos a su decoro, por custodiarle los secretos, por tapar la boca de todos los que hablaban de ella... lo que la señora no debiera oír... (En su cobardía, no hace más que enseñar los colmillos, y tirar levemente la zarpa.) Vamos, que ni por su madre haría ningún hombre lo que yo he hecho. De suerte que si la señora dice que no le importa...
LUCRECIA