LA ALCALDESA
Hija, si llego yo a sospechar esto, cualquier día le dejo pasar.
LUCRECIA, tranquilizándoles.
No; si es mejor así. Se me ha resuelto un absceso; me he sacado una muela, que me dolía horriblemente.
EL ALCALDE
Pues digo, lo que le espera a usted ahora, mi querida Lucrecia.
LA ALCALDESA
¡Ah! el león... Hija mía, no he podido evitarlo... ¿Qué había de decirle?
EL ALCALDE
Pues muy claro: que llamara a otra puerta. ¡Ah! si soy yo quien le recibe...