Enfermamos como heridas del rayo, y basta una vibración del aire para ponernos buenas. De la espantosa crisis solo me queda cierta alegría interna, y un deseo ardientísimo, irresistible...

EL CONDE, suspenso.

¿Qué...?

LUCRECIA

El deseo de besarle a usted la mano... (Se arrodilla y le besa la mano una y otra vez) y de pedirle perdón por las injurias que en aquel día triste le dirigí.

EL CONDE, queriendo levantarla.

Lucrecia... ¿qué es esto?... (Por un momento cree que es burla; pero no tarda en advertir la sincera emoción de la dama.)

LUCRECIA

Mi única pena es que usted sospechará quizás... que le engaño.

EL CONDE