No, no; creo que es verdad...
LUCRECIA, que se levanta, enjugando sus lágrimas.
Necesito explicar a usted cómo ha venido esta crisis... sacudimiento moral, revolución de todo mi ser... (Se sienta. Su lenguaje es cortado, febril.) Los temblores de tierra trastornan el suelo... Una catástrofe horrible en mis sentimientos me ha trastornado a mí, me ha hecho morir y revivir en menos de dos días... ¿Es esto nuevo? Yo creo que no. Ha ocurrido mil veces... Fácilmente lo comprenderá usted... Un desengaño de los que anonadan... la perfidia de un hombre... tempestades del alma que todo lo destruyen y todo lo iluminan. Mi dolor ha sido como un incendio entre las ruinas... He visto mi conciencia... la he visto. Ya sé que no debo ser la que he sido, y estoy decidida a ser otra.
EL CONDE
¡Bendito desengaño, bendita convulsión del alma, que trae el arrepentimiento!
LUCRECIA
Pero el arrepentimiento, lo reconozco, necesita probarse. Por eso digo: «Espere usted y verá...»
EL CONDE, gozoso.
Pues lo veremos... y pronto... Si el arrepentimiento es verdad, nos lo dirán los hechos.
LUCRECIA