Mandar recado a la Rectoral: allí estará.
LUCRECIA, agitadísima.
Sí... yo no quiero ser mala; no quiero padecer... quiero curarme. Se renueva la herida. Meteré la mano en ella, y si duele, que duela; y si con el dolor se me acaba la vida, que se acabe. ¿Dónde está mi hija? Nell, alma mía. (Entra Nell y se arroja en sus brazos llorando.) Ven, abrázame. ¿Verdad que no te separarás de mí, que no quieres separarte de mí?
NELL, con emoción infantil.
Nunca, nunca.
ESCENA X
Calle de Potestad, callejón del Cristo. Anochece.
EL CONDE, que avanza con lentitud, vacilante, tentando las paredes; después D. PÍO.
EL CONDE
Ya lo veo, ya lo veo; es lo único que veis, ojos míos... que estoy de más en el mundo. ¡Pobre Albrit, tu vida termina...! «Imposible, ha dicho esa mujer, imposible...» Y ese imposible cierra todo espacio a la esperanza... Ya no hay esperanza... Vida, te acabaste; alma, vete de aquí... El monstruo me ha negado mi consuelo, me roba el único bien de mi triste vejez... Señor, Dios mío, ¿qué delito he cometido para caerme en este abismo de desolación?... ¡No poder estrechar entre mis brazos a mi hija, a mi Dolly, retoño preciosísimo de mi raza, flor nueva de una familia que no debe extinguirse!... ¡Y se la lleva... se las lleva a las dos, quizás para envilecerlas!... Porque no creo en su arrepentimiento, no. Se siente abrumada por las terribles consecuencias de sus pecados... le duele el mal... y cuando el pecado duele, el pecador llora... Sus clamores quieren decir dolor, opresión, empacho del vicio; mas no quieren decir arrepentimiento. Cuando el glotón se indigesta, maldice la comida; pero pasa el mal, y vuelve a comer... No creo en tu enmienda, diablo harto de carne, ni creo que te haya perdonado Dios... No, a Dios no le engañas... ni tampoco al viejo Albrit... ¿Verdad, Señor, que no la has perdonado? (Detiénese bajo un farol, y vuelve los ojos al cielo.)