—¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu marido?
—Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... No ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas pes y aquellas haches tan particulares que hace José María... Esa chica, esa... No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito á mi marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y arruinarse, y tirar el pan de mis hijos, yo soy madre, yo me voy á mi tierra, yo me ahogo en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que con mi dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!
Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la buena y pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan violento, que allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en caja. Después de llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual daba cada gemido que partía el corazón, perdió el conocimiento, y disparados sus nervios empezó una zambra tal de convulsiones y estirar de brazos y encoger de piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el ama con su poderosa fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de la infeliz esposa, y al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, por fin de fiesta, una taza de tila.
—Nos iremos, niña de mi alma—le decía doña Jesusa,—nos iremos para nuestra tierra, donde no hay estos zambeques.
Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, acompañándola. Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á la mañana siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría un nuevo desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había entrado tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones que debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba bastante desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable del mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último instante, que por nada se enardecía, y por menos que nada se desenojaba. El furor y el regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como lucecillas que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte siempre que su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José María no acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió, porque en los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués emplear algún tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo, y cuando hablamos del asunto peligroso, me dijo:
—Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya antojado decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, se ha de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, hombre profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera malicia en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?
—No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de saber, porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la publicidad, correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; pero que tiene su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, ¿no podrías darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de confusión? ¿No podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa fortunilla que le permite poner casa y darse lustre?...
—Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le dí el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera mucho, ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas después como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras, verdaderamente no lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos... en fin, no lo sé, ni me importa. Supongo que la casa que ha puesto será algún cuartito alto con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y qué dices de la sesión de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las manos en la cabeza, y el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo derecho... ¿Te has enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...
—No me he enterado de nada.
—Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el ministro.