—Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...
—Déjame tú en paz con doña Cándida.
Conocí que no era de su agrado aquel tema, y tomé nota.
—¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada... Mira, éste te llama concienzudo, que es el adjetivo que se aplica á los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franqueza... me revienta ese niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no tendría igual para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso... ¡Hombre, por amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan reputaciones así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal Colón, las Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de Dios, hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso se pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras serán verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye y observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece un borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto. Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos, filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría verdaderamente limpia y boyante la sociedad.
—¡José!—exclamé con efusión humorística y hasta con entusiasmo,—eres el mayor bruto que conozco.
—Y tú la octava plaga de Egipto.
—Y tú la burra de Balaam.
Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.
—Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.
—Sí, la nación sería un pesebre.