Me puse rojo.

—Eres lo más...

—Y tú...

Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba de aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me producía, unida á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro tonterías se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal que entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo, cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.


XXXII

Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.

¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance. Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros tiempos.

Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche, que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión, y no recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad, no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio, aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella, y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y menos para novio.

Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia, sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las de su infame oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirle.