Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me presenta Ruperto sofocadísimo.
—Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...
—¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María, qué hace?
—Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á buscarle... Mi ama que vaya usted pronto... para que le busque otra criandera...
—Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita Manuela qué hace?
—Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no hace más que rabiar.
—Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...
Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta. ¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí, tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.
«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo perdonará nunca su amiga...—Irene.»
La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano impulsada del miedo y del peligro...