¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué?

—¿Qué tiene usted, Mansito?—me dijo doña Javiera que volvía de misa.

—Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al socorro...

—¿Hay fuego?...

—No, señora; no hay más sino que el ama...

—¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo, mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á mi Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.

—Usted no sabría de alguna...

—Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?

—¿Qué he de ver, señora?

—Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena en Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D. Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para cuando sea padre.