—Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas bestias feroces que llaman amas de cría...

—Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía... Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració. Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos... hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota, fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su marido. En fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para dormir á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito la mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen, una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede usted lelo, coja usted La Correspondencia y lea los anuncios. Ama para casa de los padres. ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna... Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.

Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á dónde acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela, pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar El interior contenido del Bien.

Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas, rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres aturdidas mujeres invocaban á todos los santos de la Corte celestial. Se habían mandado recados á varias casas amigas para que diesen noticia de alguna nodriza, pero ¡ay! la familia confiaba principalmente en mí, en mi rara bondad y en mi corazón humanitario.


XXXIII

¡Dichoso corazón humanitario!

Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de lo que llamamos el otroismo, religión harto desusada. Si dabas flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad, abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino del Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que hacía falta á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto Miquis, joven y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero sus amigos me dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil. Afortunadamente estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta feliz coincidencia me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin tardanza me personé en aquella paternal oficina, ejemplo que, con otros muchos, viene á confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra administración y lo desgraciados que seríamos si ella no cuidase de todo lo que nos concierne, llevándonos en sus amorosos brazos desde la cuna al sepulcro. Con decir que por darnos todo nos da hasta la teta, está dicho. Yo había visto la administración-médico, la administración-maestro, y otras muchas variantes de tan sabio instituto; pero no conocía la administración-nodriza. Así, quedéme pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífico, alineado en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de los cuales era Augusto, hacían el reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fué para considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos ó socios. Rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad, sombreada de expresión de astucia. Era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana; mucho pañuelo rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía; refajos de paño negro redondos, huecos, inflados como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y piés descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros, y como inscripción ornamental, el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza, y la llamó lugarteniente del pezón humano.

Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un niño, y se oían contrataciones y regateos. Había lugarteniente que elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado de caballos, se decía veamos los dientes, y se observaba el aire, la andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.

—En ésta todo es agua...—decía;—ésta tal cual... mayor cantidad de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos barrios?