—Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que haya, y á cualquier precio.

—¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?

—Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están esperando...

—Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.

Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con tan picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de bromas.

Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me amenazó con rociarme, diciendo:

—Si no se me quita usted de delante...

¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en cuenta la gravedad de las circunstancias.

—Querido, que tengo prisa...

—Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario por la vía lactea?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro... Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.