—¡Doña Cándida!—murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.

—Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija suya?

—Sobrina.

—Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han dicho. Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me conoce, y no me saluda.

—Mi hermano es muy particular...

Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con pesadez melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que dejé de ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...

—Aquí la tiene usted—me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo, presentándome una humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de refajo verdinegro que la asemejaba con una peonza dando vueltas.—Es buena. No haga usted caso de esto de la oreja. Es que se la comió un cerdo cuando niña. Por lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á ver, chica, enseña las herramientas. No hay señales de mal infeccioso.

Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó algo, mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse el animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana que la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»

—Abur, Manso.

—Miquis, abur, y muchas gracias.