Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras de su misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño pardo, como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de cuero; una madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, amarillos, negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de color de bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, salvajes, el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la cabeza.

Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y ladró así:

—Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?

—Porque somos gente honrada—regurgitó la mamá silvestre.—Mi Regustiana no va á cualquier parte.

—Señor—bramó uno de los muchachos.—¿Quiéreme por criado?

—Oiga, señor—añadió el autor de los días de Regustiana.—¿Es casa grande?

—Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.

Cinco bocas se abrieron de par en par.

—¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?

—Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.