—¿Es buena la señora? Llévenos pronto.
—Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.
Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...
—No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que vayan á pié.
—No, señorito, llévenos á todos—exclamaron á coro, con el tono plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.
—No, lo que es sin mí no va mi hija—manifestó el papá, con aspavientos de dignidad.
—¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás—dijo uno de los chicos.—Diga, señor ¿me tomará de criado?
—Y yo alante—gritó el otro.
—Diga, señor, ¿y cuánto me dará?
Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas delanteras que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus gestos, y al fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los llevé á casa de mi hermano.