Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía pastoreando aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda eso», y marcharme á donde me solicitaban mi curiosidad y mi afán; pero esto hubiera sido muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á su nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres y hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo, y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.

Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica lloraba de contento.

—Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer, que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna... ¡Gente mejor...!

Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando. Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!


XXXIV

¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!

Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura, fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví una placa de cobre que decía: Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6; más arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras, y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»

Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.

—Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece una escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 están con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, espera: no te sientes en esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito; tampoco en esa otra, que está un poco derrengada.