Dirigíme á la tercera.

—Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del gabinete... ¡Melchora!...

Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.

—¿Irene...?—le pregunté.

—Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...

Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en las fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que, llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que deseaba.

—Con que delicada...—murmuré, pasándome la mano por los ojos.

Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable aparición!

—¿Qué tal te encuentras, hijita?—le preguntó su tía, en quien sorprendí disgusto.

—Bien—replicó secamente Irene.—Y usted, Máximo, qué caro se vende.