Mentira, mentira.
Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, que no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad, sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa, dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso. Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó. Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora pensaba hacerla olvidar con una vida arregladísima, de intachables apariencias. El porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de esperanzas, lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y tal es la fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera no se acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las relaciones hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la historia como un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo observé en mi amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar bajito, escoger vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su vestido respondía bien á este plan de regeneración, que había empezado por tormento de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy bien. La señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su capital había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá por los holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal y las cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no aceptaba un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en el mismo precio del de la calle del Espíritu Santo.
—Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...
La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose muy sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa bonita y vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.
—¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted unas manos...
Aún había más. La señora, sentándose confiadamente en mi sillón, frente al estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía límites el agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su hijo con mi enseñanza la brillante senda...
—Señora... por Dios... yo... No hable usted más...
Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario de p y p y doble h, y al cabo de algunos años ministro. La señora pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo, porque...
—Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el randibú; como soy tan llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo no desmerezca.
Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole. Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran seguramente años negativos que iban marchando al revés de los años de todo el mundo, y la aproximaban á la juventud.