La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme el encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de que anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías, inapetencia y desabrimiento de caracter.
—Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...
Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier cosa que se me ofreciese...
—No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.
—Señora, mis medios...
—Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, una gloria del país no debe vivir así...
Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día siguiente, que era domingo.
Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces me parecieron tan inverosímiles como mi apetito de la noche anterior; pero aún hubo otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José encontré á éste y á Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del cielo! que ni la más ligera nube había empañado nunca el sol de la concordia entre marido y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque me pareció observarle receloso y como en espectativa, bajo aquel capisayo de jovialidad. Á mí me trató con una dulzura que nunca había empleado conmigo. Corrió á cerrar una puerta por temor á que con el aire que violentamente entraba me constipase. Aquel día todo era plácemes. El ama se portaba bien. El médico de la familia la declaraba excelente lechera, y aunque el familión continuaba en la casa viviendo á mesa y mantel, todavía no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en vestir á Robustiana con la librea de pasiega, las tres damas no hacían más que revolver telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul ó encarnado. De cualquier modo que fuese, mi adquisición había de asemejarse mucho, luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha obtenido el primer premio en la Exposición de ganados.
En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:
—No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante conmigo. Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que hagamos viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte algún regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como uno que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno de la abundancia... No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón á José María. ¡Qué complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre estoy en ascuas cuando le veo tan cambambero...